¿Superhéroes o botones?

Imaginemos una situación: vas caminando por la calle y ves a un joven que aprovecha un descuido de una señora y le saca la billetera sin que ella lo note. A 50 metros de distancia hay un policía. ¿Qué hacés? ¿Tratás de atrapar al ladrón, gritás o corrés para avisar al policía o no hacés nada? Te pido que pienses ahora no solo qué harías sino qué te parece que es lo correcto para hacer en una situación así.

Te agrego ahora un elemento. La persona que acaba de cometer el delito es alguien a quien conocés. No necesariamente un amigo pero alguien conocido. ¿Cambia en algo tu decisión? ¿Y tu idea de lo que es correcto?

La respuesta a esta pregunta plantea una cuestión ética que divide en dos a las sociedades. En gran parte del mundo, cuando uno presencia un hecho indebido la obligación moral es actuar. Hacer lo que esté a nuestro alcance para prevenir o castigar lo incorrecto. En esos países, por ejemplo, si un padre trata a su hijo con rudeza en la calle, es altamente probable que otra persona se acerque de la nada y lo reprenda. En otros, como la Argentina, la ecuación está invertida. Denunciar a quien hace algo indebido sin ser el perjudicado directo de la acción incorrecta es ser “botón”. Y para mucha gente, ser “botón” es tan grave como el acto indebido mismo.

En sociedades como la nuestra, la responsabilidad de que la gente haga lo correcto recae sola y exclusivamente en la autoridad correspondiente. Todos los demás, no tenemos nada que ver y preferimos la complicidad pasiva a la “botoneada”. Esto se ve mucho más claro en el ejemplo en que la persona que actúa incorrectamente es alguien conocido. En ese escenario muchas veces la cosa se extrema: no solo la gente cercana no interviene, sino que suele hacer todo lo que esté a su alcance para propiciar el encubrimiento.

Me gustaría presentarles ahora tres ejemplos: 1) algo que me sucedió a mí, 2) el trágico choque de hace dos semanas en la ruta 11, y 3) la “masacre de Las Heras” del mes pasado.

Los feriados, los puentes y la cultura del laburo

Con este post seguramente me voy a ganar unos cuántos enemigos… Pero la verdad es que, si bien los disfruto cuando tocan, no me cierra para nada la proliferación de feriados que viene teniendo la Argentina, y mucho menos el agregado de “días puente”.
En las etapas tempranas de Officenet, cada año teníamos que decidir si trabajar o no medio día el 24 y el 31 de diciembre. Y yo siempre opté por que la empresa trabaje. Esos días se vendía muy poco, sí. No era cuestión de que convenga abrir. Era un tema de cultura del trabajo, de transmitir que siendo una empresa muy joven necesitábamos dejar todo en la cancha si es que algún día seríamos grandes. Si se vendía poco, ese día era una gran oportunidad para hacer cosas que uno nunca tenía tiempo de hacer en la vorágine cotidiana. Por ejemplo, que cada uno ordenara su escritorio.

Aborto: ¿para todos o para pocos?

En general en todos los temas de política pública que generan fuerte controversia con los sectores más conservadores de la sociedad yo suelo tener posiciones abiertas y “progres”. Por ejemplo, celebré cuando se aprobó el matrimonio igualitario. Pero de todas las cuestiones de este tipo el aborto ha sido siempre la que me resulta más delicada y difícil a la hora de definir una postura personal.

Por eso, vengo siguiendo con interés las discusiones recientes sobre el tema y trabajando mis contradicciones internas para tratar de pasar algo en limpio. Y acá quiero compartir con ustedes mis pensamientos al respecto.

Empiezo por el final: pese a que quedan todavía en mí algunas ambigüedades e incomodidades, creo que la posibilidad de abortar debería ser legal. Y sustento esa convicción en tres razones distintas:

Volver al futuro

Este es un año electoral. Por esa razón, hace dos semanas publiqué un primer post sobre política, en ese caso el post invitado de Raquel Alvarez sobre su vínculo emocional con el Kirchnerismo. Allí invité a que otros que quisieran expresar ideas diferentes escribieran también para enriquecer la discusión con visiones distintas.

El primero en recoger el guante fue Miguel Braun. Yo conozco a Miguel hace más de 20 años y es, sin lugar a dudas, una de las mentes más brillantes que conozco. Doctorado en Economía en Harvard, es docente de diversas materias en numerosas universidades y fue uno de los fundadores de CIPPEC, el “think tank” de políticas públicas más importante de Argentina. Actualmente se desempeña como director ejecutivo de la Fundación Pensar.

A corazón abierto

Mientras sigo escribiendo poco por mi foco en la búsqueda de capital para Restorando y en el armado del próximo TEDxRíodelaPlata, quiero hoy compartir con ustedes un brillante post invitado de Raquel Álvarez.

Conocí a Raquel trabajando en Officenet, pero la realidad es que recién supe realmente la clase de persona que era a partir de sus comentarios en el blog. En varios de los posts más polémicos donde se armaron acaloradas discusiones sobre política argentina, Raquel puso su cabeza y su corazón para argumentar por qué cree en el proyecto oficialista. No lo hizo bajo el estereotipo del ultra-K ni de manera acrítica: Raquel es demasiado sensible e inteligente para eso. Quizá lo más interesante de este análisis es que comparte su experiencia con calidez y sin tratar de convencer a nadie de nada.

Finalmente, una aclaración. Yo le pedí a Raquel que escriba un post invitado hace muchos meses. Ella me lo mandó a mediados de Julio, pocos días después del contundente triunfo de Macri en la ciudad de Buenos Aires y mucho antes de las elecciones primarias. Yo quise esperar a publicarlo a que pasaran esas dos elecciones para despegar la nota de la coyuntura electoral inmediata, sin imaginar el vuelco político que se produciría en poco más de un mes. Por eso, es importante aclarar que esta nota no fue escrita ni debe ser leída como producto de la euforia del impactante resultado de los comicios recientes.

Si durante este período pre-electoral alguien quiere escribir un post invitado argumentando otras posturas con el mismo estilo analítico y sin fundamentalismo, por favor mándenme un mail y habrá espacio para que lo hagan.

Ahora sí, los dejo con Raquel Alvarez… Dadas las apasionadas posiciones que despierta el tema, espero que la discusión en comentarios acompañe el mismo espíritu constructivo y carente de fanatismo de todas las intervenciones de Raquel en Riesgo y Recompensa.

La mentira como herramienta de manipulación política

Hay actos que son ilegales. Y otros que son antiéticos. Los primeros no se hacen, porque hacerlos transgrede una norma y ello conlleva un castigo. Las razones para no cometer los segundos son menos claras. Que actuar antiéticamente tenga o no consecuencias depende únicamente de la censura y la desaprobación de los demás frente a esos actos.

En sociedades como la Argentina, donde la piolada es generalmente más apreciada que la ética, esa condena en muchos casos hace tiempo no existe. Y cruzar la delgada línea de actuar antiéticamente no genera problemas o hasta es celebrado. Eso fue llevando a que, por acumulación de casos, vayamos perdiendo la sensibilidad y veamos como naturales y aceptables cosas que claramente no lo son. Hoy quiero hablar de una de ellas.

Argentina también necesita “Democracia Real ¡Ya!”

En estos días estoy siguiendo atentamente lo que pasa en España con el 15M y la Acampada Sol. Y me complace ver la movilización de miles y miles de personas pidiendo por una democracia que funcione en serio, con el lema “Democracia Real ¡Ya!” (y la creatividad de la gente suma también otros geniales como los que incluyo en fotos más abajo).

Esa protesta tiene muchos elementos en común con lo que pasó en la Argentina en el 2001 (la foto que ilustra el post es de la Acampada Sol en Madrid, pero bien podría ser de la Plaza de Mayo hace 10 años). En aquel momento, en la Argentina, multitudes salieron a las calles bajo la consigna “que se vayan todos!”.

En los dos casos, me hace un poco de ruido sentir que, una vez más, lo que vemos es que la clase media sale a la calle solo cuando le duele el bolsillo. En el caso argentino, la consigna fue “que se vayan todos!” probablemente porque quedaba más elegante que salir pidiendo simplemente “que devuelvan los dólares” que el corralón le había arrebatado a la gente. Igual que en España, los reclamos de ese momento incluían una profunda reforma política, pero esta quedó rápidamente olvidada apenas se recuperaron los ahorros. Ojalá no pase lo mismo con las protestas españolas.

En este momento, diez años después del “que se vayan todos”, no se fue absolutamente nadie y casi todos los reclamos que están haciendo los jóvenes de España son todavía completamente aplicables a la clase política argentina.

La inseguridad más radical

El problema de la inseguridad nos impacta por todos lados. Las imágenes y testimonios nos asaltan desde el bombardeo mediático, las cadenas de mail o los relatos de primera o segunda mano de quienes han visto su seguridad comprometida de algún modo u otro.

Alguna vez argumenté en este post que, a mi modo de ver, en general confundimos a las verdaderas víctimas con los victimarios. En una línea similar, tenemos hoy este post invitado de Cynthia Frenkel.

Cynthia, aparte de ser mi esposa, es psicoanalista y trabaja en un centro público de salud mental.

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César González tiene 21 años. Pasó de los 15 a los 20 en institutos de menores y en la cárcel. Estando en esos lugares en que, como alguna vez dijo uno de mis pacientes, “Entrás con ganas de robar y salís con ganas de matar”, César “aprovechó” el tiempo para terminar el secundario y descubrir su pasión por las letras. De la mano de Patricio “Merok” Montesano, un tallerista voluntario de la cárcel, César se descubrió poeta y se rebautizó a sí mismo, adoptando el seudónimo de Camilo Blajaquis.

Descubrí a Camilo escuchando una entrevista radial que le hizo Andy Kusnetzoff  hace un año. Lo escuché decir: “Quiero que haya cultura en los barrios, deporte en nuestra villa… que sepan quién fue Kafka, Foucault, Van Gogh ¡Que se haga la prueba! ¿Qué pasa si inundamos de cultura la villa? En la villa tenés las armas servidas en bandeja para salir a robar. Es más fácil encontrar un arma que un libro. Si (…) es más fácil encontrar un arma y salir a robar que encontrar un libro y leer, entonces los resultados están a la vista.”[1]

En aquel momento me contacté con él y así supe que estaba por editar un libro de poesías, escrito desde el encierro, al que tituló “La venganza del cordero atado”. Una obra trascendente.

Durante la entrevista con Andy, Camilo, que vive en la villa Carlos Gardel, describe el desamparo diciendo: “De la avenida para allá es otro mundo… para nosotros la sociedad son extranjeros.”[2] Esos extranjeros, de los que habla Camilo, somos la mayoría de nosotros.

La muerte de Osama: un hecho simbólico

La captura de Osama Bin Laden es un hecho simbólico. No digo esto, como suele hacerse al calificar algo de “simbólico”, para minimizar su trascendencia, sino todo lo contrario. Es así porque las consecuencias prácticas futuras de su muerte son pequeñas al lado del impacto del mensaje que ésta transmite. Por eso, cómo se lo capturara era tan importante como la captura misma.

Atraparlo con vida, juzgarlo y encerrarlo por el resto de su vida hubiera tenido las mismas consecuencias prácticas que matarlo o mejores, evitando dar a Osama status de mártir entre sus seguidores. Pero hubiera servido también para dar un mensaje mucho más poderoso y trascendente: mostrar, con hechos y no declamaciones, que la apuesta del “eje del bien” en la lucha antiterrorista es, inequívocamente, a la paz y a la grandeza, no a la violencia y la venganza.

¡Que vuelva el corralito!

A comienzos de diciembre de 2001, apenas unos días antes del desplome económico de la salida de la Convertibilidad, apremiado por las circunstancias, Domingo Cavallo adoptó una medida extrema: el tristemente célebre “Corralito. Como resultado de esta medida, la gente ya no podía disponer en efectivo del dinero que tenía en los bancos.

Mientras la mayoría se desesperaba y entraba en pánico, yo calladamente celebraba. De manera involuntaria, Argentina se lanzaba al primer gran experimento de virtualizar el dinero, haciendo que prácticamente todas las transacciones económicas estuvieran bancarizadas. Y yo estaba convencido de que el resultado sería revolucionario.

Semanas después vino la devaluación, la “pesificación asimétrica” y el “Corralón (reprogramación de los depósitos), que implicó una significativa confiscación de los ahorros de los Argentinos. El salvajismo de estas últimas medidas acabó por desatar el odio de los ahorristas, que se volcaron masivamente a las calles y apedrearon por meses las fachadas de los bancos. Así, un aluvión de ira acabó sepultando rápidamente ese osado (aunque forzado) experimento.

Solucionar el Corralón demoró años, pero de todas las locuras que surgieron durante ese caos, hubo una que se normalizó rápidamente: menos de un año después de su entrada en vigencia, Roberto Lavagna dispuso el regreso del efectivo a las transacciones económicas, poniendo fin al “Corralito”.

En este post, yo quiero argumentar que es hora de que volvamos a intentarlo.

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